
El feminismo como planteamiento revolucionario: Breves anotaciones sobre la ilusión de la igualdad abstracta de la modernidad industrial
Desde la publicación de la Déclaration des Droits de la Femme et de la Citoyenne en 1791, que hizo calca de la Déclaration des Droits de l’Homme et du Citoyen de 1789, con la diferencia nada sustancial de intercambiar el binomio hombre-ciudadano por el de mujer-ciudadana, el feminismo no ha dejado de ser uno de los señuelos más significativos en la construcción del proyecto abstracto y desencarnado de la Modernidad, entendida ésta en su sentido axiológico. La redacción de este documento político por la escritora liberal-burguesa Olympe de Gouges, una mujer perteneciente a la alta sociedad de la Francia Revolucionaria, afiliada a la Ilustración y a la francmasonería, nos dice todo lo que hay que saber respecto al origen y a la naturaleza de este movimiento.
El discurso público, moldeado por los dictados de los medios de comunicación, da por hecho que estar a la altura de los tiempos, como tópico característico del orteguismo, implica compartir y sumarse a la visión del feminismo (o los feminismos, para esos sectores que pretenden distanciarse de todo aquello que ingenuamente se considera un exceso, sin abandonar la lógica propia de esta ideología). Por supuesto, resulta sorpresivo que haya mentalidades retrógradas y rezagadas que se opongan a la Revolución feminista, como avanzada en la lucha por la Igualdad. ¿Quién podría estar en contra de algo como la igualdad entre los sexos, a través de la reivindicación histórica de los derechos de las mujeres? ¿Cómo podría condenarse algo tan evidente como que debe hacerse justicia a la mitad de la población reconociéndola como igual?
Hemos de comenzar por señalar obviedades que resultan tan familiares que terminan por ser frecuentemente ignoradas, desencadenando una indiferencia cínica. Cualquier reflexión crítica debe adoptar una conciencia tal que permita resquebrajar convicciones axiomáticas asumidas acríticamente, relativizando certezas que se consideran demasiado absolutas. El esfuerzo, en este sentido, es el de poner en tela de juicio doscientos años de propaganda que han hecho de determinadas narrativas la creencia común. Solamente así se puede desmitificar el presente, y abordar el fenómeno del feminismo, como planteamiento revolucionario, en su complejidad.
El proyecto emancipatorio de la Modernidad consiste en el esfuerzo por desvincular al individuo de todo tipo de incrustación social, de todo tipo de orden previo, considerado irracional, por no haberse establecido en términos de la razón (racionalismo) y la voluntad (voluntarismo). Ésta es la esencia de la Revolución. El progreso, según se dice, solamente es posible en la liberación racional y objetiva del individuo, el cual debe romper con las cadenas de todo aquello que impide su madurez. En términos kantianos, se trata de «la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad», de su «incapacidad para servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro».
Esta idea, matriz de todas las ideologías modernas, también es la base de la ideología feminista, la cual se manifiesta en el rechazo de todo aquello que se considera una subyugación histórica de la mujer por el hombre en la lógica de una estructura desigual llamada patriarcado, la cual tiende a favorecer al sexo masculino dentro de la lógica opresiva del género. Esta categoría del género, se manifiesta en todos los tiempos, todas las religiones, todas las culturas, todas las zonas geográficas, de forma tal que la opresión de la mujer ha sido una constante universal en la historia de la humanidad. O eso es lo que se dice.
Se pierde de vista que el mito revolucionario de la Igualdad tiene menos de doscientos años de vigencia, y que solamente se ha manifestado en aquellas regiones —principalmente occidentales— en las que el Estado moderno ha terminado por implantar, no sin violencia, la lógica individualista de la Modernidad industrial. Esta ilusión ha provocado que se niegue toda diferencia cualitativa entre personas, como un vicio intrínseco a la composición social del denominado Ancien Régime. Por ello es por lo que, a partir de la Revolución, en el proceso de absorción del derecho por la ley (como producto de la voluntad general de la sociedad), la legislación ha pasado a entenderse como el instrumento más efectivo para lograr el predominio de la razón ilustrada, bajo las notas de la impersonalidad y la generalidad, eliminando toda categoría de distinción, como el origen étnico, el estamento, el linaje, la religión, y, ¿por qué no?, el género.
Se habrá observado ya que toda la Modernidad es igualadora, por las implicaciones mismas de sus categorías abstractas, con las cuales se pretende crear, a la manera geométrica, un mundo libre de las supersticiones propias de la tradición, las costumbres y las religiones (sobre todo de la Única Verdadera). El feminismo no es otra cosa que una manifestación particular de este proyecto utópico, moderno, solamente que referido al género, el cual, dicho sea de paso, ha sido gravemente malentendido.
Lo que existía en el Ancien Régime era la riqueza expresiva de la vida comunitaria en una infinidad caprichosa y espontánea de combinaciones —ya fuesen en el terreno político, económico o religioso—, como desenvolvimiento expresivo de la vida humana lejano a cualquier influencia del poder político, de los proyectos racionalistas, totalizadores u omnicomprensivos que surgieron junto con el Estado moderno. El tejido de la existencia cotidiana era tan multiforme como parte de la expresión histórica de la vida, en reconocimiento de algo tan lógico y parte de la realidad misma como que en lo único en lo que todos somos iguales es en que somos todos diferentes. Esto incluía a lo que Iván Illich nombró como el género vernáculo, como fundamento de una complementariedad ambigua y asimétrica entre los hombres y las mujeres, que se concebían de tal forma inconmensurables, pero de la misma manera dependientes, como el fuego lo es frente al agua.
Bajo la visión economicista del liberalismo burgués, así como la de su consecuencia lógica e inevitable, el socialismo, la Modernidad instaló como único criterio diferenciador de los individuos el de la capacidad productiva, bajo el postulado de la escasez. En el concepto del homo oeconomicus ya no hay ningún tipo de distinción, ni siquiera entre algo tan radicalmente disímil como lo son el hombre y la mujer. Y es en este sentido que el feminismo ni siquiera promueve a la mujer, sino a la estéril, asexuada y siempre objetiva categoría del trabajador, siempre al servicio de la expansión del capital. Pensemos solamente en los beneficios que implica para el mundo financiero el proletarizar a esa mitad de la población que hasta hace unas décadas no se había visto obligada a salir de la economía doméstica para subsistir.
Con lo anterior establecido, se entenderá, por tanto, que los males de la ideología feminista son los mismos que los de todo proyecto instrumental del racionalismo moderno. La desencarnación del ser humano en una entidad abstracta, numérica, desprovista de toda particularidad concreta e histórica que le provea de identidad; éste es el despeñadero al que somos conducidos. Tal es el precio de querer jugar a ser dioses.
