Sin lugar para la memoria

«La memoria es como una red: uno la encuentra llena de peces al sacarla del arroyo, pero a través de ella pasaron cientos de kilómetros de agua sin dejar rastro».

Oliver Wendell Holmes

En tiempos tribales no hay lugar para la memoria. Porque la memoria es por definición la narración de hechos que vale la pena recordar, no siempre por dichosos. En este caso, por traumáticos, por desgarradores, por polarizantes. Y quienes pretenden borrar la memoria lo saben, y quieren usar la polarización para ejercer la antimemoria para que la intención misma de recordar sea sospechosa, casi la antesala de una amenaza existencial. Será porque a ellos mismos no les gusta recordar ciertas cosas, ciertos llantos.

Perú sufrió a la insurrección marxista más salvaje de la región, un movimiento que soñaba con convertirnos en una Campuchea andina. Que no tuvo reparos en masacrar incluso con machetes y piedras a inocentes, incluso cuando decía representar los intereses de dichos inocentes, los olvidados de siempre: indígenas y campesinos quechuahablantes que fueron el 70 % de las víctimas de aquellas fatídicas décadas. Este párrafo que no narra ninguna mentira y será aceptado por casi todos, excepto, claro, por los simpatizantes de aquella orgía de sangre, los cuales, desgraciadamente, aún existen.

La insurrección se dio en un país profundamente desigual, que entonces se conocía aún menos a sí mismo y partes de sí se miran todavía con recelo. En esta lucha a ciegas, el Estado se defendió a veces con gran valor y otras veces con profundo deshonor y rapacidad. Ciertos miembros de las fuerzas del orden enfrentaron el problema como quien intenta matar una mosca con un revólver, a veces por falta de preparación, otras veces porque sabían que habría impunidad y que en una guerra hay vidas descartables. El resultado fueron ciertas fosas comunes y mucho dolor. Este párrafo, como el anterior, tampoco narra ninguna mentira, pero, se los aseguro, será menos aceptado. Aquí es donde el ejercicio de la memoria se complica, las bocas se tuercen y empiezan las tentaciones por borrar ciertas líneas, mirar un poco de costado, hacer ciertas omisiones o, en todo caso, relativizaciones.

Habrá quienes dirán que era inevitable, que era doloroso precio a pagar, que la historia es así y que se escribe en tinta roja. Argumentos que también esgrimen todavía los defensores del canalla de Guzmán. Y no, no equiparo al Estado con Sendero Luminoso. Tampoco digo que ambas violencias perseguían los mismos fines. Lo que digo es que usar vidas inocentes en pos de un fin, el que sea, es inaceptable. Precisamente, la virtud de la democracia es no descender al nivel de las hienas que quisieron despedazarla. Por eso, a pesar de todo, es un triunfo del Perú que Abimael Guzmán haya muerto preso y que Telmo Hurtado esté preso. Por ello, usar el desconocimiento y temor ajeno para mentir y borrar ciertos datos porque no son políticamente útiles es deleznable. Este párrafo tampoco contiene mentira alguna, pero si las dinámicas de Twitter se trasladarán a la vida real, decir esto ya me habría cerrado muchas puertas y conseguido un par de enemistades. Ya ven que no se trata de qué es verdad o qué no, sino de qué quiero que se diga y qué no.

Finalmente, quiero añadir que el LUM, arbitrariamente cerrado hace unos días, cuenta las verdades aquí expuestas sin más. Por ello, no fue cerrado por mentir, sino porque algunas verdades son incómodas para cierta gente con poder. Gente con poder que considera que la memoria de ciertas víctimas es descartable. Total, fueron descartables en vida.

PD: Cuando el LUM reabra, porque reabrirá, los invito a ir. Les aseguro que será una visita que no olvidarán.