Meditaciones para el Jueves Santo: «haced esto en memoria mía».

«Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno comiere de este pan vivirá eternamente. El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Mi carne es verdaderamente comida y mi sangre verdaderamente bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él» (Jn. VI, 41-59).

Si bien en el día de Jueves Santo hallamos motivos tan fuertes para el regocijo, la fiesta litúrgica también tiene como propósito infundirnos un cierto estado de tristeza, pues anuncia la próxima Pasión de Nuestro Señor. La Última Cena tuvo lugar en el momento en el que Jesucristo supo que había llegado la hora de regresar al Padre. Así había dicho a sus discípulos: «ya sabéis que dentro de dos días es la Pascua; y el Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado» (Mt. XXVI, 2). Esto es, la hora en la que el Hijo del hombre sería entregado en manos de pecadores (cf. Mt. XXVI, 45).

Cristo sabía que sería entregado por Judas, pero también traicionado por cada uno de los Doce, reconociendo que todos caerían esa misma noche, dispersándose para esconderse y dejar a su Maestro en manos del enemigo (cf. Mc. XIV, 27). Así fue como los discípulos fueron conducidos para celebrar la última de las Cenas Pascuales, que darían pie a la institución de la Nueva Alianza mediante la inmolación de Cristo como Cordero Pascual.

«Hijos míos, yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde yo voy, ustedes no pueden venir».

Jn. XIII, 33.

Antes de cenar, Jesús se desvistió, y procedió a lavar los pies de sus discípulos para mostrar su obligación, como Maestro, de servir a los más pequeños, así como la necesidad de purificarlos para que pudieran sentarse para compartir el banquete celestial. Durante la comida, Cristo tomó el pan, lo bendijo, lo partió, y lo pasó a sus discípulos diciendo: «esto es mi cuerpo». Luego tomó una copa, agradeció, y la entregó para que todos bebieran de ella, al decir «esto es mi sangre, Sangre de la Nueva Alianza, que será derramada por vosotros» (cf. Mt. XXVI, 26-29, Mc. XIV, 22-26, Lc. XXII, 17-20, I Cor. XI, 23-25). Al concluir con las palabras «haced esto en memoria mía», Cristo confirió el poder a sus discípulos de también cambiar ellos el pan en su cuerpo y el vino en su sangre, el cual se transmitirá por el sacramento de la ordenación hasta el final de los siglos. Este es el misterio que celebramos cada Jueves Santo: el divino misterio de la transubstanciación.

En la Liturgia de la Solemne Misa Vespertina de la Cena del Señor, celebramos la transmisión de tres inigualables tesoros, de los que somos poseedores como miembros de la Santa Iglesia Católica: la Misa, la Comunión y el Sacerdocio Católico. En la Misa, encontramos el sacrificio por el cual Cristo pagó nuestra deuda infinita con respecto a Dios, por nuestros innumerables pecados y negligencias; en la Comunión, tenemos el pan de vida, con el cual sostenemos y elevamos nuestra vida sobrenatural; y en los sacerdotes, tenemos a los intermediarios que permiten actualizar el sacrificio redentor para nuestro mantenimiento espiritual. Lamentablemente, muchas veces no somos conscientes de que estos inmerecidos tesoros fueron graciosa concesión del inocente Redentor, pagados con su Pasión y Muerte.

La forma genuina de vivir esta jornada es participar vitalmente en el Sacrificio del Altar, en la identificación espiritual con el misterio de la institución de la Sagrada Eucaristía, sacramento por el cual el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Señor Nuestro, se hace presente en las especies del pan y del vino. Se trata de la renovación perpetua de la Pasión y Muerte en la Cruz, no solamente de un recordatorio simbólico, sino realidad viva, palpable, la cual funge como renovación de nuestra fe, «pues cada vez que comen de este pan y beben de esta copa están proclamando la muerte del Señor hasta que venga» (I Cor. XI, 26).

Mediante la participación en la Sagrada Eucaristía, nos incorporamos y nos transformamos también en Cristo, bajo el signo de la pertenencia de los cristianos a su cuerpo místico. Esto siempre y cuando nos encontremos en disposición de alma para recibir a Dios en nuestro interior. En caso contrario, nos enseña San Pablo que quien le recibe indignamente, sin antes atender su pecado, come y bebe su propia condenación (I Cor. XI, 29). Por tal razón es que Jesucristo, Nuestro Señor, nos enseñó con el ejemplo a lavarnos los pies unos a otros para limpiarnos de nuestras impurezas y nuestras manchas, como símbolo de todos nuestros pecados, incluidos los más pequeños (Jn. XIII, 14-15).

Con la institución de la Nueva Alianza, recibimos un nuevo mandamiento, que lleva a su perfección la Ley Divina: el amarnos mutuamente, como Cristo nos amó. En ello conoceremos si somos sus discípulos, si nos tenemos amor mutuo, en el máximo precepto de la caridad. Sabemos así que en donde hay caridad y amor, ahí habita el Señor.

Celebremos la Sagrada Liturgia que la Santa Madre Iglesia conserva por siglos para adentrarnos en estos Misterios. Seamos conscientes que la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, realizada en el Calvario de forma cruenta, se renueva de forma incruenta en cada Santo Sacrificio de la Misa en el que participamos, y que las gracias otorgadas en el Calvario se derraman sobre nosotros también por medio de este culto de latría.