
El lujo bobo
La ciencia y la tecnología revolucionarias no son un lujo, sino una necesidad desesperada. No pueden evitar la desigualdad económica y social, pero pueden evitar que se convierta en desesperación y violencia.
- Isaac Asimov
Asimov hace esta advertencia en La edad de oro de la ciencia ficción, un libro publicado en 1983. Cuatro décadas después, puedo decir que la advertencia se enmarca hoy más en la ciencia que en la ficción, pero todavía no sabemos si los años venideros serán dorados, al menos no para la mayoría. La necesidad de potenciar capacidades en ciencia y tecnología es real, y en muy corto tiempo podremos descubrir si también habrá desesperación violenta generada por una desigualdad exacerbada.
No quiero que el lector lleve la impresión de que estas líneas son otra opinión catastrofista sobre los riesgos de la IA y los peligros de “perder el tren”, cuando el tren ha partido ya. No pretendo hacer siniestrosis, sino simplemente reseñar una realidad que, como un tren (dado que estamos hablando de rieles) ha iniciado su marcha contra nosotros. La realidad, qué duda cabe, vaya que puede ser dura y los peruanos lo sabemos.
Esta semana, la empresa Open AI lanzó su nueva inteligencia artificial generativa: Chat GPT – 4. Sí, ya hay un chat GPT de cuarta generación, tan solo pocos meses después de que todos hablaran de lo increíble que era el Chat GPT a secas (aunque en realidad se trataba de su modelo de tercera generación). En pocos meses, el salto de esta IA ha sido tal que el es capaz de superar pruebas matemáticas y de lenguaje complejas mejor que la mayoría de nosotros. Por ejemplo, esta inteligencia rindió exámenes estandarizados de nivel universitario (SAT’s) en diferentes materias y sus resultados fueron los siguientes: Lectura y Escritura (93 %), Matemática (89 %). En las llamadas “ciencias duras” sus puntajes fueron superiores a la media con los siguientes resultados: Física (66 – 84 %), Química (71 – 88 %) y Biología (88 – 100 %). Puede, entonces, que los más listos entre nosotros aún tengamos un pequeño margen de oportunidad, pero no por mucho.
Si los individuos estamos amenazados por el avance de la IA en cuanto a nuestro rol laboral y académico, las naciones están amenazadas porque temen que la brecha tecnológica entre países industrializados y los que no se vuelva insalvable. Algunas de estas ideas ya las referí en una columna anterior en este espacio: El tiempo nos va a devorar. Pues bien, decía que a medida que la IA se vuelve más avanzada, también surgen nuevas amenazas como el aprovechamiento de esta tecnología para hacer una economía más productiva, la privacidad de los datos y la seguridad cibernética. Los países en vías de desarrollo, como el nuestro, no tienen la capacidad o recursos recursos necesarios para establecer marcos regulatorios efectivos para esta tecnología, lo que generará una brecha de productividad respecto al aprovechamiento de esta herramienta debido a la poca adaptación de nuestro capital humano. Esta falta de atención también dejará a nuestros ciudadanos más vulnerables ante posibles abusos de violación de su privacidad y seguridad informática.
Para concluir, quiero añadir que esta nueva fiebre del oro, o de la información y su procesamiento, ya causó una guerra en curso entre las grandes compañías tecnológicas como Microsoft y Google por determinar quién desarrollará la IA más precisa e incluso tentar desarrollar una IA General, que es lo más cercano que tendríamos a una conciencia no humana pero análoga o acaso superior en ciertos aspectos a la humana: el carbono reemplazado por la silicona; los nervios, por algoritmos; el alma (si es que alguna vez existió) por inconmensurables bases de datos. Mientras, en Perú, las lluvias barren por enésima vez, los enésimos lugares que se suponía que estarían listos para la protegerse de la naturaleza cuando hace seis años el Niño Costero nos hizo decir “nunca más”, pero, por enésima ocasión, no hicimos lo que teníamos que hacer. A veces ni la necesidad más apremiante nos mueve a dejar de darnos el lujo de postergar las tareas más obvias, más pedestres, las de pura supervivencia, incluso cuando el resultado de nuestra desidia es el dolor y la desesperación. Ahora, pensemos en el desborde de la IA y qué tan preparados estamos para el alud que ya está en marcha. Les dije que la realidad podía ser dura.
