Continuidad de los parques

En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

  • Julio Cortázar

Escucho el triunfalismo del Congreso, confirmo la tranquilidad de la prensa y la comodidad del Gobierno. Hago todo eso y me preocupo. Me preocupo porque la paz recién adquirida muy probablemente les sea breve y, por tanto, nos será breve también a nosotros. Me explico: tras casi 10 semanas de protestas ininterrumpidas, primero en el sur, luego en casi todo el país, posteriormente en la capital y, por último, nuevamente en el sur, el status quo no se ha alterado. Dina Boluarte sigue en el poder; el Congreso, incólume, pese al rechazo generalizado; y la opinión pública se inclina a admitir que lo peor ya pasó. Pero creo que se equivocan, esto no es el final de un ciclo de inestabilidad, sino el inicio de uno nuevo; sí, otro más, esta vez signado por un Gobierno que depende casi exclusivamente de la fuerza y una ciudadanía presa de su polarización.

La razón principal del mantenimiento de esta tensión es que los motivos del malestar social siguen enraizados en la mayoría de la población. Según la última encuesta del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), el 88 % de los peruanos quiere un adelanto de elecciones (69 % en el 2023 y 19 % en el 2024); no obstante, el Congreso dilató su decisión sobre esta propuesta y ya es logísticamente imposible realizar elecciones en 2023 y todo indica que cualquier iniciativa al 2024 correrá la misma suerte. Obviamente el adelanto de elecciones no es una solución a nuestros severos males; sin embargo, este Congreso no hizo ni hará ninguna reforma a nuestro muy disfuncional sistema político, pero este adelanto sería un amortiguador, un acto de desagravio simbólico, una momentánea anestesia social vía canales electorales. Pero ni eso tendremos y me temo que no todos serán capaces de digerirlo con resignación, no al menos eternamente, no en el país en el que a casi nadie le queda paciencia.

Ante ese escenario, las esperanzas de quienes ejercen el poder político son dos: la represión y el agotamiento ciudadano; no obstante, la represión pura y dura no es una solución, es solo un mecanismo para el mantenimiento del poder y uno que empieza a ser rechazado internacionalmente y no solo por la izquierda sectaria regional. Por su parte, incluso si la resignación cunde, el rechazo tendrá otras expresiones y una de ellas es una polarización aún más exacerbada. El comportamiento reprochable de quienes ejercen el poder puede llevar a la relativización e incluso legitimización de sus rivales, así estos sean tanto más nefastos que ellos, de allí que según IPSOS el 51 % de los peruanos consideren que Castillo fue víctima de un golpe de Estado (pese a que él perpetró uno) y que su aprobación se haya mantenido entre el 20 – 30 % pese a las muy fundadas acusaciones en su contra, porque somos seres tribales y el agravio saca lo más tribal de nosotros.

Por ello, la amenaza no solo es por una demanda insatisfecha que pueda conducir a otro ciclo de protestas violentas, represión y violencia que nos enemiste y hiera más como sociedad. No, la amenaza también puede ser etérea pero corrosiva y perdurable. Sin un mínimo de atención, empatía y restablecimiento de canales de representación la legitimidad misma del sistema puede hundirse mientras los agravios aumentan. Actualmente, Boluarte tiene solo 15 % de aprobación (que se convierte en 7% en el sur), el Congreso tiene 6 % de aprobación (que se convierte en 3% en el sur) y el 49.4 % de nosotros no sabe quién sería un buen candidato en unas eventuales elecciones, mientras que el 21.7 % no votaría por nadie, el primero en la lista de presidenciables tiene apenas 4.5 %, más cerca del margen de error que de los dos dígitos. El abismo social en números. Es decir, en total, el 71.1 % de los peruanos están huérfanos de representación. Una democracia no puede sostenerse bajo esas condiciones y quizá por eso es por lo que la nuestra está más endeble que nunca. Y pese a todo esto, que es apenas un resumen del huracán, quienes nos dirigen están como el hombre del sillón del cuento de Cortázar, en su sillón leyendo, ojeando en qué página de la novela que dejaron pendiente se quedaron sin advertir que el asesino del libro se acerca y alza el puñal sobre sus cabezas.