EPIFANÍA CRIOLLA DE LA HERMANDAD DE LOS NEGRITOS

*Artículo escrito el 09/03/2022

Fue en Lima, concretamente en el año 2016, cuando tuve una revelación, una epifanía, que me devolvió el alma al cuerpo, aturdiéndome a la vez que confortándome.

Paseando por el centro histórico de la capital del Perú con mi amigo el mesetario José María Reguera, compañero de aventuras indianas como tantos otros españoles que nos aventuramos a emigrar frente a una crisis que no se acaba nunca… Bueno, que me lío; lo dicho, paseando con José María y con Lili, la que ahora es su señora esposa, nos topamos con una procesión organizada por una cofradía de San Martín de Porres en loor del octavo centenario de los dominicos. En ese momento hice mías las palabras de Bécquer en 1861: “…Un soplo de la brisa de mi país, una onda de perfumes y armonías lejanas, besó mi frente y acarició mi oído al pasar. Toda mi Andalucía, con sus días de oro y sus noches luminosas y transparentes, se levantó como una visión de fuego del fondo de mi alma». De repente se me vino el santo y la seña de la Hermandad de los Negritos; ahí vi su legado, vivo y coleando, muy lejos de donde yo vine al mundo; entendiendo mejor que nunca por qué Sevilla fue denominada como puerto y puerta de las Indias.

Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, en la calle Recaredo.

Siendo emigrante, fui confirmando que, mientras más viejo, más providencialista. Mucho aprendí en intuición. Cosas del pensamiento a larga distancia y largo plazo. Todo en esta vida pasa por algo. El hombre propone, mas Dios dispone.

Y es que no recuerdo con exactitud cuándo escuché por primera vez hablar de la Hermandad de los Negritos, pero desde luego, era muy niño. Y fue por mor de un compañero del colegio que me hablaba entusiasmado de aquella hermandad en particular y de la Virgen de los Ángeles en general. Se me quedó grabada aquella nomenclatura, aún sin comprender o escudriñar en su lógica histórica.

Capilla y la Casa de Hermandad.

A los años, un hombre que tenía un piso en Punta Umbría (donde yo veraneaba con mi familia), del cual recuerdo su no desdeñable estatura, su sevillismo, sus ojos claros y su acento sevillano, también me habló de la hermandad a la que pertenecía: Sí, los Negritos. Recuerdo que me comentó que acostumbraba a viajar de Sevilla a Punta Umbría luego de finalizar la estación de penitencia y se le conocía en la Calle Ancha de aquella perla de la costa onubense por pasear a un bull-terrier que era muy tranquilo, mas, como él mismo decía, sacaba pecho si otros perros se le ponían más pesados de la cuenta.

No obstante, siendo yo bollullero irredento, siempre vi Sevilla, esa ciudad tan linda, encantadora y puñetera, con cierta distancia. Ciertas personas de esta “Roma triunfante en ánimo y nobleza” (que la llamara Cervantes) o de ciudades-dormitorio muy próximas me motejaban de cateto cada vez que abría la boca y ello, desde niño, fue una losa pesada y antipática que, unida a mi carácter digamos “especial”, formó una bomba de relojería. De niño mis padres me llevaban a ver los Estudiantes y la Candelaria. Ya de zagalón, fui con algunos amigos y paisanos algún domingo de Ramos a ver la Estrella y alguna “madrugá” a ver el Gran Poder y la Esperanza de Triana; pero pronto vino aquella infausta “madrugá” de los carrerones y las confusiones y pronto y abruptamente acabó mi relación con la Semana Santa sevillana.

Vista de la capilla desde la entrada.

Como mi vecino Félix Hernández QEPD (1), yo me inicié como cofrade en mi pueblo, concretamente con la hermandad de la Soledad. El haberme criado en la plaza, al lado de la iglesia de San Martín de Tours y muy cerca de la calle donde radica la casa-hermandad, me influyó más de lo que yo pensara, siendo que en mis años peruanos, cuando llegaban los días cuaresmales, mi cuerpo funcionaba como un reloj biológico primaveral a pesar de la diferencia de hemisferio. Los ensayos de los costaleros, el olor a incienso, el vaivén de los triduos y los quinarios… Todo ello se me presentaba como un aluvión de nostalgia, ahondando mi fe justamente en una época en la que muchos limeños están intentando recuperar una tradición cofrade que desde el siglo XVI tiene mucho que ver con Sevilla; por lo que poco a poco, no sin desencuentros, sin embargo, fui consolándome y encontrando mi sitio en un camino que me era familiar en la que fue conocida como Ciudad de los Reyes. Tan familiar que en pleno centro de Lima está el santuario de la Soledad, al que yo acudía muchos domingos para asistir a misa; cuya homónima hermandad está emparentada con la sevillana Soledad de San Lorenzo. Entre paralelismos y coincidencias, todo queda en esa gran casa que es nuestro hispano mundo.

Techo de alfarje de la capilla.

No en vano en el siglo XVIII, ya en época borbónica, se acuñó el lema de “Utraque unum”, que en román paladino viene a decir que “ambos son uno”, complementando las columnas de Hércules que rezaban “Plus Ultra”, esto es, “más allá”. Y todo ello explica mi mundo, nuestro mundo; fe, tradición, cultura e identidad no para excluir, sino para compartir. Lo que se me vino por delante en aquella procesión de la cofradía de San Martín de Porres explica los anhelos que tenía en mi época de estudiante, allí en el Rectorado que fuera Real Fábrica de Tabacos fundada en tiempos de Fernando VI; también clarificado por algunos excelentes profesores que ayudaron en mi vocación americanista mientras que soñaba con ser historiador y escritor.

Será por soñar…

Cruz de las Toallas (siglo XVII).

Por si fuera poco, comoquiera que tengo un imán para las cosas digamos poco comunes, viví en Perú, pero mayormente trabajé con brasileños; lo cual me sirvió para nutrirme más y mejor de la historia y la cultura del país lusoamericano que tantas y sinceras simpatías siempre me despertó; empezando por el ansia de proximidad y conocimiento con el que desde muy niño fui a otro lado del Guadiana, considerándome siempre (y en ello influyó mucho mi abuelo materno QEPD) hijo de la frontera. Y comoquiera que Lima es una megalópolis, también pude tener mucho contacto con gente de los países vecinos, especialmente con colombianos, venezolanos y argentinos; comprendiendo cada vez mejor la unidad y la diversidad de nuestro mundo.

Así las cosas, desde que regresé al terruño, me reprendí por no haber conocido más y mejor la Hermandad de los Negritos habiéndola tenido tan de cerca, queriendo poner remedio a eso. Pasé por allí mil veces, la paladeé como libro de historia vivo y, sin embargo, tuvo que ser en Lima cuando recibiera aquella revelación, aquella epifanía, aquella ambrosía criolla que me cautivó para los restos.

Adorno cerámico al pie de la Cruz de las Toallas.

No en vano en Lima llegó a haber varias cofradías fundadas por los negros sevillanos.

No en vano la santa figura de Martín de Porres alimenta más y mejor este arquetipo y esta vocación.

Así, desde el 2018 fui acercándome a la capilla de los Ángeles y todo allí me hablaba: Me hablaba la Virgen de Guadalupe desde aquel magnífico cuadro del siglo XVIII; me hablaba San Benito de Palermo como referente cultual de las cofradías de negros extendidas desde Sevilla hasta México y el Perú pasando siempre por Cuba; me hablaba la “cruz de las toallas” con la entrañable gravedad de un Via Crucis; y por supuesto, me hablaba el Cristo de la Fundación, riguroso, ascético, realista y barroco en su cruz; y la Virgen de los Ángeles, acogiendo bajo su manto a todos sus hijos, como consolando a aquellos que cantaban la tonada el congo: “a la mar me llevan sin tener razón, dejando a mi madre de mi corazón…”

Pintura de gran formato. Autor desconocido.

Y aquel patio sevillano y aquellas escaleras misteriosas que coronan como casa hermandad lo que fuera zona extramuros siglos ha…

Pasado el tiempo, aún con unas ansias literarias que esta vejez prematura no me cura, sería una versión andaluza cunqueiriana pensar y desarrollar que Velázquez pudo haberse inspirado en algún ilustre o principal personaje de esta hermandad para representar al rey Baltasar en su cuadro de la adoración de los reyes magos. Habida cuenta de que la matriz afrohispana que muchos identifican en el Caribe y en algunas regiones de Sudamérica empezó en Sevilla, es algo que amén de histórico, es muy literario. Demasiado literario.

Virgen de Guadalupe. Méjico, siglo XVIII.

Cada vez que he ido a la capilla de los Ángeles, siempre me han acogido como una más, con celeridad e incluso con deferencia. Nada de portazos, dificultades o malas miradas. Al contrario: Buena disposición y buen recibimiento, tal y como encuentra todo aquel que se acerca de buena fe, ya sea por interés histórico, ya sea por devoción confirmada.

Con todo, en el 2019 pude asistir a la coronación canónica de la Virgen de los Ángeles, inmortalizando aquel recuerdo desde la calle Tetuán, siendo testigo privilegiado de cómo Sevilla fue de los negros (2).

Púlpito de hierro forjado y sobre él,La visión de la Porciúncula de san Francisco de Asís, de Juan Ruiz Soriano, siglo XVIII.

Esta arquetípica y carismática hermandad ha pasado por muchas vicisitudes. Impedimentos de todo tipo intentaron acabar con ella. Sin embargo, hubo quien quiso acabar y al final acabó con sí mismo, mas la cofradía sigue viva y coleando desde 1393 gracias a su perseverancia y su fortaleza que, en comunión con su humildad, hace que un pobre de espíritu por antonomasia como yo me halle en su templo luego de haberme perdido, reforzando los acicates que han de guiar el día a día; admirado por el realismo y la concreción de su lema: De la caridad para la caridad.

En febrero de 2022, gracias al alcalde (3) Felipe Guerra Vázquez, entre otros, confirmé mi membresía. El 4 de marzo de este año, el nombrado Felipe me impuso la medalla y jamás olvidaré sus palabras, quedando demasiado e inmerecidamente honrado.

Presbiterio de la capilla, ocupado en este momento con motivo de su Quinario por el Cristo de la Fundación.

Como bien dice Felipe, hay hermanos con medalla y hermanos sin medalla; no obstante, yo quise dar el paso y confirmar aquella epifanía que tuve en el Nuevo Mundo. En ese momento me acordé especialmente de mi gente del Perú y del Brasil. Acompañado por mi familia, sentí un renacimiento; volví a sentir aquella revelación, aquella epifanía. Como decía Felipe, “ya tocaba”. Y tanto que tocaba. ¡Toda una vida tocaba! No por nada cuando pasé el achuchón del coronavirus, lo primero que le dije a mi señora fue que me trajera las estampas del Cristo de la Fundación y de la Virgen de los Ángeles, que aunque no me estuviera muriendo ni mucho menos, a estos sagrados titulares me aferré y prometí que me haría hermano pasado el trance. Y así ha sido. Y así quiero seguir, sin que deje de encogerse mi corazón cada día por y para esta historia entrañable que Dios me ha puesto en bandeja.

He dicho.

P.D.: Y para colmo de providencialismos, la penúltima anécdota ha sido el ser “enlace” de Anete Chibanga, cuyo torero padre QEPD rezaba con una medalla de nuestra hermandad. No en vano, esta hermandad siempre será un puente entre Europa, África y América.

Bóvedas del presbiterio. Pinturas de Rafael Rodríguez Hernández.

NOTAS:

(1)Sobre Félix Hernández, recuérdese:

(2)Cuando Sevilla fue de los negros:

http://leyendasdesevilla.blogspot.com/2012/03/capilla-de-nuestra-senora-de-los.html

(3)Sobre el cargo de alcalde, nótese que es el equivalente al de hermano mayor en otras hermandades. Para esta particularidad de la Hermandad de los Negritos y muchos otros aspectos, acúdase a su página:

Hermandad Los Negritos