El tiempo nos va a devorar

Come senators, congressmen

Please heed the call

Don’t stand in the doorway

Don’t block up the hall

For he that gets hurt

Will be he who has stalled

The battle outside ragin’

Will soon shake your windows

And rattle your walls

For the times they are a-changin’

  • Bob Dylan

Que el tiempo devora a sus hijos es quizá de las primeras conclusiones a las que llegó nuestra especie tras la revolución cognitiva; ya saben la que nos dio la capacidad de abstraernos y ser algo más que un mono calvo. No en vano, en su mitología, los griegos establecieron que el titán Cronos, encarnación del tiempo sea quien -literalmente- devoraba a sus hijos; los dioses. Finalmente, Cronos sería derrotado por Zeus, el único hijo que escapó a su apetito y este liberó a sus hermanos abriéndole el vientre a su padre. De esa forma, los dioses olímpicos se irguieron por encima del tiempo, vencieron a la muerte. No obstante, para nosotros, los humanos, el tiempo aún pasa y hace nuestras vidas una cuenta regresiva.

Mortales somos los hombres y mortales son también nuestras obras; porque hasta Tchaikovski, Joyce o Van Gogh serán olvidados, enterrados en la arena del tiempo como el busto de Ozymandias en el poema de P.B Shelley. Sin embargo, la celebridad a partir de la excelencia es una prolongación de uno. Un desafío a la cuenta regresiva. Sí, inevitablemente, algún día desaparecerá todo como siglos atrás lo hicieron sus cuerpos, pero a través de su obra se compraron un gran tiempo extra. Y la misma naturaleza de desafío aplica para los hombres en plural y para sus obras colectivas, entre ellas, las naciones.

No todas las naciones nacen igual y, sobre todo, no todas mueren al mismo ritmo y de lo mismo. No obstante, muchas sí han acabado tullidas, agonizantes o muertas prematuramente justamente por ignorar los cambios de cada era hasta que ya es muy tarde para evitar los golpes (¿o bocados?) del tiempo. El Perú, me temo, es una de esas naciones abrumadas por el tiempo, incapaz de entender lo que sucede en el transcurrir de los días y, por ello, no reacciona hasta que está en el esófago de la bestia.

Ya ha transcurrido la primera década de la Cuarta Revolución Industrial, y nosotros aún no resolvemos asuntos pendientes de las tres revoluciones industriales anteriores. La cuarta revolución industrial está definida de forma macro por la fusión de los avances recientes en la informática, la biología y la física; y de manera más específica: la inteligencia artificial, la robótica, la computación cuántica, la biotecnología, el internet de las cosas, la impresión 3-D y la automatización de tareas cada vez más complejas. En otras palabras, contenidos en los que como país hemos invertido poco y hemos educado casi nada.

Me dirán que es mucho pedirle a un país cuya educación pública sufre de un déficit clamoroso de capital humano calificado, de inversión y de infraestructura a todo nivel. Un país con universidades de cartón cuya reforma universitaria acaba de ser enviada al garete por políticos de mala educación y peores intereses; sí, sé que es mucho pedir de golpe y con urgencia. Pero el tiempo no espera y todas esas debilidades estructurales de recursos, gestión y adaptación son producto, también, de no haber escuchado las advertencias del tiempo antes y es que eso ocurre cuando las tareas pendientes se acumulan, no se convierten en una montaña sobre la cual encogernos los hombros, sino en una avalancha furiosa dispuesta a enterrarnos.

La pequeñez de nuestro país en la escena internacional se debe a este subdesarrollo tecnológico y educativo que nos impide tener una economía más diversificada y competitiva, un capital humano más productivo que nos haga un nodo importante de la cadena de suministros global. Durante el siglo XX, la diferencia clave en la riqueza colectiva era entre países exportadores de materias primas y países productores de bienes industriales, sin embargo, esa dinámica está mutando a una desigualdad mayor entre países capaces de producir conocimiento altamente especializado y los que no. De seguir su trayectoria actual, Perú quizá sea hasta incapaz de consumir conocimiento de valor, ya no digo de producirlo; porque ¿qué institución pública o privada tendrá el mínimo de capital humano capaz de recibir y adaptar know how? ¿qué clase de ecosistema de innovación estamos creando? Para tener un poco de perspectiva, Corea creó su ministerio de Ciencia y Tecnología en 1967 y Perú usó esta propuesta como un anuncio populista en 2021, un tema ocasional en 2022 y un tema absolutamente olvidado en 2023. En otras palabras, los temas del siglo XXI no importan porque hace unos cuantos años que estamos jugando a la guerrita política al estilo siglo XX y echamos mano de fracturas no resueltas desde el siglo XIX. Al parecer, cada siglo dio su mordisco.

Hace unas semanas escribía en este espacio que la peruanidad era porfiada y había sobrevivido a múltiples crisis. Claro que aún lo creo, pero sobrevivir no es vivir. Ni toda nuestra riqueza mineral ni toda nuestra biodiversidad serán un refugio seguro para la disrupción que ya empezó a generarse. Pero romper con la inercia requiere liderazgo y este es ausente en un país con una clase dominante que no le interesa ser élite y con una inteligencia que ha abandonado la política y viceversa. Y así, sin timón ni rumbo dejamos pasar los segundos irrepetibles hasta que la arena del reloj se vuelque por completo; mientras los olímpicos nos mirarán con una mezcla de pena y desdén desde arriba.