Los beneficios de la lectura
Hace un tiempo conversaba con un antiguo profesor sobre la visión de los colegiales respecto a la lectura, con conclusiones un tanto desalentadoras. Esto me llevó a hacer una breve investigación sobre los beneficios de este hábito. No me propongo ser exhaustivo en el desarrollo del texto, antes bien, quizás a forma de retribución, invitar a este mundo de libros a quienes desconozcan lo que les puede aportar, como lo descubrí yo al introducirme en él.
Revisión de bibliografía
En el año 2015 Alice Sullivan y Matt Brown publicaron un estudio con fuente en el análisis de una base de datos británica, el 1970 British Cohort Study o BCS70, que propuso responder a la pregunta «¿Cuál es el rol de la lectura por placer durante la infancia y la adolescencia?» con base en los resultados en competencia lingüística y matemática. El BCS 70 consta de un grupo de más de 17 mil personas que nacieron en una semana determinada del año 1970 en Reino Unido, a quienes se les realizó un seguimiento periódico a los 5, 10, 16, 26, 30, 34, 38 y 42 años. Se dispuso los datos necesarios de 3 mil 583 personas para poder llevar a cabo un análisis que tomara en cuenta muchas variables a la vez, con lo cual se reduce ciertos tipos de sesgos (regresión multivariable). Los autores propusieron 4 modelos explicativos para los resultados hallados: el primero tomaba en cuenta los antecedentes socioeconómicos y el sexo; el segundo agregó la cultura de lectura en casa; el tercero, la conducta de lectura propia del niño o adolescente, además del hábito de tocar un instrumento musical búsqueda de estado cultural y social, según los autores: «Los padres que alientan a sus hijos a tocar un instrumento están cumpliendo con una norma social fuerte dentro de la clase media educada»; y finalmente un último modelo incluye las variables anteriores sumadas a test cognitivos que se tomaron a las edades de 5 y 10 años, de tal forma que al analizar cada modelo subsiguiente se ponderó de manera más adecuada cada variable considerada en el modelo anterior, en relación a las demás y no solo aisladamente.[i] El estudio concluyó en que el hábito de lectura del niño es una variable que permanece fuertemente asociada al desempeño en vocabulario y matemáticas; y, lo que es más llamativo e importante, no se trata solamente de que los niños académicamente más capaces lean más, sino de que la lectura en sí misma es un factor favorable en el desarrollo cognitivo durante la adolescencia, como lo refrendan los autores en los últimos párrafos: «Mientras que se podría argumentar que la lectura simplemente representa un medio cultural particular dentro del familia, o características del niño como la diligencia o la concentración, diríamos que la falta de una asociación significativa entre tocar un instrumento musical (que también debería representar tales características) y el progreso cognitivo no concuerda con este punto de vista».
En el mismo año los autores publicaron, con base en la misa cohorte, un artículo en el que evaluaban «cómo los puntajes de vocabulario cambiaron entre las edades de 16 y 42 años tomando en cuenta los antecedentes sociales tempranos y el comportamiento de lectura en la niñez, a la vez que examinaron la influencia de los logros educacionales y laborales, y el hecho de leer por placer en la mediana edad», en el cual incluyeron 9 mil 432 participantes, de quienes había la información requerida a los 5, 10, 16 y 42 años. Usaron también 4 modelos explicativos: 1° Clase social y educación de los padres, además del sexo. 2° Información sobre la lectura en la infancia (frecuencia, tipos de diarios/tabloides disponibles), los logros cognitivos y educacionales, además de si el miembro de la cohorte tocaba un instrumento musical a las edades de 10 y 16 años. 3° Datos relativos a la educación posterior a los 16 años y la ocupación de adulto. 4° Adicionalmente, la frecuencia de lectura a los 42 años juntamente con los tipos de libros y diarios leídos y si es que el miembro de la cohorte tocaba un instrumento musical en la misma edad [ii], [iii].
Al agregar los datos de lectura en la infancia la clase social de los padres se torna no significativa y la educación de estos se torna grandemente reducida (de 14 % a 1 %) mostró que su influencia (la de la lectura en la infancia) resulta mediadora (o atenuante) de las condiciones primigenias. En el tercer modelo aquellos con mayores calificaciones obtuvieron mejores puntajes, así como quienes pertenecieron a una clase profesional/gerencial. Sin embargo, la influencia de la lectura en la niñez es escasamente atenuada, la lectura en la infancia continúa siendo un predictor importante en el progreso del vocabulario. Finalmente, en el modelo 4 se muestra una fuerte asociación entre la frecuencia de lectura y el tipo de texto en cuanto al puntaje en vocabulario, llamativamente no se halló ninguna ventaja en leer libros «de baja cultura (low-brow)» respecto a no leer nada en absoluto, tanto de ficción como de no ficción, mientras que leer tabloides mostró una desventaja significativa, y tocar un instrumento mostró una significación escasa. El efecto del grado académico disminuye notablemente en este modelo, mostró que se encuentra parcialmente mediada por la frecuencia y el tipo de lectura. La influencia de los antecedentes sociales de la infancia se encuentra casi totalmente atenuados, en contraste, la ventaja debida a la lectura en la infancia persiste, especialmente «leer con frecuencia» a los 10 años.
En conclusión, los hábitos de lectura en la infancia parecen ejercer un efecto a largo plazo, el cual se mantiene aun cuando se analiza en conjunto con las características propias del adulto, mientras que media o debilita los factores negativos del ámbito académico en la infancia. Escriben los autores: «Lo que la gente lee importa tanto como cuán frecuentemente leen».
Leer estos hallazgos, aun de forma resumida, puede resultar abrumador. Es más, se me podría acusar justamente «tanta palabrería para decir que quienes leen más tienen mejor vocabulario, ¡si eso es sentido común!». Aseguro que mi intención no ha sido aburrir al lector. Lo que pretendo es hacer notar cómo a través de la metodología usada se va esclareciendo el verdadero rol de la lectura, el cual atraviesa otras variables sociológicas que forman parte del marcador que generalmente se encuentran en la formación de una persona culta. En las edades tempranas vemos que es la lectura la que influencia los puntajes cognitivos y más adelante evidenciamos –he aquí otra razón para exponer la metodología: mostrar el factor de secuencia temporal– cómo el hábito de lectura forjado desde la niñez persiste operante en el proceso de aprendizaje del adulto en el cual para continuar progresando importa tanto la selección de lo que se lee como cuán frecuentemente lee.
La lectura y el capital cultural
El término capital cultural fue introducido por el sociólogo francés Pierre Bourdieu en la segunda mitad del siglo pasado. Como todo capital, este sería trabajo acumulado, una suerte de inercia inscrita en la objetividad de las cosas que determina que no todo sea igualmente posible o imposible, el cual se especifica según los bienes incorporados (hábitos que constituyen un ser cultivado), objetivados (bienes materiales como cuadros artísticos que presuponen los bienes incorporados para ser aprovechados) e institucionalizados (principalmente títulos académicos). El capital cultural es transmitido principalmente por los progenitores de las familias de clases altas, pero a es a la vez reforzado por el sistema educativo presente que presupone el capital cultural como componente de éxito o adecuación a la cultura dominante (desestima los méritos o capacidades en cuanto componentes preestablecidos y transmitidos en el capital cultural), lo que desemboca, según Bourdieu, en el mantenimiento del status quo sancionando la transmisión hereditaria del capital cultural (reproducción cultural), y explicaría el rendimiento académico desigual de familias provenientes de diferentes clases sociales.
Lejos de sostener integralmente esta teoría del capital cultural y la reproducción cultural, he introducido este tópico porque fue la apertura de muchos trabajos sobre los factores integrantes del capital cultural haciendo susceptible de operacionalizarse y analizarse cuantitativamente– y cómo se relacionan con los logros académicos. Ineludiblemente, dentro de las actividades constituyentes del capital cultural se ha incluido a la lectura. En este sentido, Alice Sullivan diseñó, en el año 2001, un estudio en Inglaterra en el que participaron 465 alumnos de 16 años provenientes de cuatro escuelas diferentes. Sullivan decidió describir la distribución del capital cultural según la clase social, la influencia del capital cultural de los padres en los hijos y la relación de capital cultural propio de los hijos en test de lenguaje, cultura general y la obtención del Certificado General de Educación Secundaria (GCSE por sus siglas en inglés). Mostró que efectivamente las actividades consideradas como capital cultural (leer, ver televisión, escuchar música o tocar un instrumento, participar en actividades culturales) están directamente relacionadas con las de los padres, mediando o atenuando, al punto de volver no significativas sus calificaciones (o grados) y la clase trabajadora a la que pertenecen, que comprenderían sus antecedentes socioacadémicos. Asimismo, este capital cultural una vez adquirido por el hijo es el principal componente relacionado con los puntajes referentes al lenguaje y lo que llamaríamos cultura general, media completamente las actividades culturales de los padres y vuelve poco importantes (y en algunos casos, no significativos) a los antecedentes socioeconómicos; por último, resultan ser los puntajes de lenguaje y conocimiento (cultura general) los más influyentes y mediadores parciales en los puntajes del GCSE. Los puntajes de lenguaje y conocimiento están estrechamente relacionados con la lectura (principalmente) y la televisión (ver programas considerados culturales), en consecuencia, deja fuera el hábito de tocar algún instrumento o el asistir a actividades formales/culturales (teatro, galerías, por ejemplo).
Una vez más la lectura muestra su papel preponderante en el camino académico, es el puente seguro hacia el vocabulario y el conocimiento. Sin embargo, deseo resaltar que las actividades culturales (por no adoptar el término capital cultural lo que podría llevar a sesgos) de los hijos se encuentran íntimamente relacionadas con las actividades culturales de los padres, mientras que sus antecedentes socioacadémicos, e incluso el tipo de escuela a la que asisten, tienen escasa o nula importancia, y una vez establecidos estos comportamientos en los propios hijos, son estos los que median los efectos de los padres sobre los objetivos planteados. Es tarea de los padres empeñarse en ser un buen ejemplo para sus hijos, fomentar la lectura leyendo, adquirir, en la medida de sus posibilidades, algunos ejemplares -nuevos, viejos, originales o no tanto- que nos recuerden la responsabilidad ineludible que poseemos, pues esto es menos eximible que la asistencia constante a teatros o galerías. Ciertamente Sullivan presenta resultados que siguen la línea de Bourdieu: un mayor capital cultural está concentrado entre las familias de clases más altas y en efecto se transmiten a los hijos de estas mismas familias, ¿acaso esto solo sirve para unos cuantos «privilegiados», para «la reproducción cultural»? A este respecto se llevó a cabo un estudio por Dirk De Graaf en el año 2000, que contrapuso el modelo de reproducción cultural de Bourdieu con el de movilidad cultural de DiMaggio, este último propone que los estudiantes provenientes de clases sociales más bajas obtienen un mayor provecho del capital cultural que le es transmitido en contraste con las clases más altas, reduciendo la brecha que habría entre el ambiente del hogar y la escuela, haciendo posible dinámicas educativas ascendentes. DeGraaf y compañía encuentran datos que apoyan a ésta última hipótesis, hallando que son las conductas de lectura de los padres las que tienen una importancia significativa, en cuanto capital cultural, en los logros académicos de los hijos y es esto lo que media parcialmente la influencia del origen socioeconómico en el desempeño escolar. Estos resultados alimentan aquella aspiración que todo buen padre ha tener: que nuestros hijos sean mejores que nosotros.
Reflexiones sobre los beneficios de la lectura
Sin embargo, más allá del desarrollo cognitivo, del vocabulario, de procurarnos un historial académico sobresaliente, más allá incluso de la protección contra el deterioro cognitivo o la capacitación de algunas habilidades sociales a la que inclinan ciertos géneros literarios, debemos preguntarnos para qué sirve realmente la lectura. Esta es solamente una herramienta, un medio a través del cual buscamos un fin último –lo que no excluye los fines secundarios ya nombrados– que no es otro que la verdad. La lectura es una fuente de conocimiento, y el conocimiento cierto lo es en tanto que es verdadero. Habrá quien pretenda objetar esta apreciación partiendo de los libros de ficción, la poesía, etc. Oportunas son a este respecto las palabras de David Cerdá:
«La literatura es tan magistra vitae como lo es la historia, aunque a menudo lo sea de un modo prácticamente opuesto: como correctora de la realidad. Los poetas y los personajes de las novelas atraviesan límites que muchos de nosotros no queremos o no nos atrevemos a traspasar. Viven nuestras propias vidas adentrándose en terrenos nuevos, desde donde nos entregan una lección formidable. Un gran relato, lo mismo que un gran poema, es un simulador vital de primera magnitud» (2015, p. 7).
¿Quién negaría que, por ejemplo, Dostoievski ofrece al descubierto la psicología humana? ¿No imprime acaso en nosotros un pathos al servicio de un principio vital? ¿No ha sido, pues, Homero el maestro por antonomasia de la Grecia Antigua y no ha sido llamado Sófocles «escultor de hombres» por moldear un ideal? Es conveniente aquí resolver dos cuestiones: la primera es aclarar la aparente contradicción que supone aludir a Homero y la lectura, y referirnos a su rol educativo en la Grecia Antigua, periodo en que la épica homérica era transmitida hacia las masas a través de la tradición oral y en el que se conocían las tragedias por su representación en escena, mucho antes que en su lectura. Fue la epopeya homérica la que inauguró en el hombre de la Grecia Antigua un espíritu en busca de ideales, lo cual se muestra patente en su historia. Homero, recitado por generaciones por los rapsodas, sancionados por Pericles, era parte de la educación «básica» del ateniense. Fue en este contexto en el que posteriormente se incentivó la asistencia de la población ateniense a las tragedias, a través de una subvención a los más pobres que desembocaría en el Fondo Teórico o Festivo. El conocimiento de estas obras populares estaba tan arraigado en las gentes que
«para poder aprehender y gozar las ingeniosas agudezas de la parodia literaria, en los breves instantes en que se deslizaban por la escena cómica, era preciso un número no pequeño de conocedores capaces de decir: he ahí el rey ciego Telefón de Eurípides, he ahí tal escena o tal otra. Y el agón de Esquilo y Eurípides en Las ranas de Aristófanes presupone un interés infatigable por estas cosas, puesto que se citan en él docenas de veces fragmentos de tragedias de ambos poetas y se da por supuesto que son conocidos por miles de espectadores de todos los círculos y de todas las clases sociales. Y aunque muchos detalles escaparan acaso al público más sencillo, es para nosotros esencial y maravilloso el hecho de que aquella multitud fuera capaz de reaccionar con tan fina sensibilidad ante los matices del estilo, sin lo cual no hubiera sido apta para interesarse ni para gozar de los efectos cómicos que resultaban de la comparación» (Jaeger, 1962, p. 307).
Difícilmente las condiciones pueden ser equiparables en lo que a nosotros respecta, valgan las diferencias entre la polis y el Estado moderno para realizar ciertas consideraciones. Es cierto que una conciencia lectora no es en sí misma necesaria para beber de un ambiente nutricio de cultura, ya diría Platón (República, 401c-d) que «así los jóvenes, como si fueran habitantes de una región sana, extraerán provecho de todo, allí donde el flujo de las obras bellas excita sus ojos o sus oídos como una brisa fresca que trae salud desde lugares salubres, y desde la tierna infancia los conduce insensiblemente hacia la afinidad, la amistad y la armonía con la belleza racional»; sin embargo, cuando este entorno social enriquecedor escasea, la lectura se muestra con más vehemencia como un medio utilísimo para alimentarse saludablemente. Resulta además en nuestros tiempos especialmente urgente, pues una sociedad desarraigada de su propio ethos histórico es incapaz de entenderse a sí misma. Los clásicos siguen siendo para nosotros maestros directrices hacia ideales, ayudándonos frecuentemente a descubrir en nosotros mismos, a través del pathos que imprimen con su narrativa, realidades que nuestra inteligencia no puede descifrar con la exactitud que quisiera. Así, mientras ciertos textos nos elevan hacia lo imperecedero, otros nos ayudan necesariamente y –además– beneficiosamente a comprender lo concreto de nuestra realidad: la lectura no deja de ser un medio hacia la verdad.
La segunda cuestión por resolver es la de que no toda lectura es de provecho. Esto, que ya ha sido evidenciado en términos científicos –véase más arriba–, se vale también de la misma orientación platónica, aunque en sentido contrario: «Para evitar que nuestros guardianes crezcan entre imágenes del vicio como entre hierbas malas, que arrancaran día tras día de muchos lugares, y pacieran poco a poco, sin percatarse de que están acumulando un gran mal en sus almas» (Rep., 401c). Las impresiones, las emociones, el conocimiento adquirido en las lecturas se guardan en la memoria y en el espíritu. Una lectura constante de algún género o estilo en particular genera un hábito en el intelecto –una forma mentis– que puede ser muy beneficiosa, por ejemplo, para la agilidad de juicio que supone la práctica de la virtud de la prudencia; y, por otro lado, resultar perniciosas si se ha alimentado el alma, por ejemplo, de secuencias incoherentes de razonamiento (valga esto para algunos textos de filosofía o las novelas que exacerban el sentimiento hacia el desorden propio interior). Aquello encontrado por las relaciones cuantitativas, mostrado más arriba, a saber, el estancamiento o retroceso en cuanto al tipo de vocabulario, no es más que una expresión de este fenómeno interno: difícilmente lo feo, lo desordenado, engendra lo bello. Entendido esto se comprende que hay que ser selectivos y discernir adecuadamente nuestras lecturas, especialmente cuando, como ahora, el tiempo de ocio[iv] es escaso. A este respecto viene bien recordar un sabio consejo que Séneca ofreció a su amigo y discípulo Lucilio:
«El cuerpo no aprovecha ni asimila el alimento que expulsa tan pronto como lo ingiere; nada impide tanto la curación como el cambio frecuente de remedios; no llega a cicatrizar la herida en la que se ensayan las medicinas; no arraiga la planta que a menudo es trasladada de sitio; nada hay tan útil que pueda aprovechar con el cambio. Disipa la multitud de libros; por ello, si no puedes leer cuantos tuvieres a mano, basta con tener cuantos puedas leer» (Epístolas Morales, I, 2, 3).
La misma idea ha sido manifestada en otras locuciones cortas más conocidas: non multa, sed multum (no muchos, pero sí mucho, palabras atribuidas a Plinio el Joven), timeo hominem unius libri (temo al hombre de un solo libro, atribuidas a Sto. Tomás de Aquino). Máximas que mantienen su vigencia. Es cierto que existen inteligencias privilegiadas que pueden abarcar mucho con rapidez y diligencia especiales sin mermar la agudeza de la compresión, pero lo que le resta al común de parroquianos es reconocer nuestras limitaciones y actuar en consecuencia: escojamos sabiamente con qué deseamos alimentar nuestra alma.
Por último, la lectura además puede ser un medio para practicar la humildad. Difícilmente un hombre que se cree autosuficiente reconoce las relaciones de interdependencia en la sociedad, lo que paradójicamente —como muestra Alasdair MacIntyre en su Animales racionales y dependientes [v]— es lo que al hombre vuelve a fin de cuentas independiente: solo el que es capaz de reconocer las relaciones de dependencia (¿qué no hubiera podido lograr sin mis predecesores?, ¿qué no pueden lograr los demás que vendrán sin mí?) puede tener una idea de su lugar en la sociedad y de su desarrollo como ser humano, en consecuencia, alcanzará la racionalidad práctica (frónesis, si se quiere) que no es otra cosa que la práctica de las virtudes. En torno a esto recuerdo haber leído alguna vez que solo los tontos creen hacerse preguntas nuevas. Soslayando lo exagerado de esta aseveración, lo que tiene de cierto no debe pasar inadvertido: ¿acaso no puedo encontrar respuestas a mis inquietudes en los escritos de personas más sabias que yo?, ¿no es mejor, como decía un querido y admirado amigo, aprender de los errores de otros antes que de los propios?
Alguna vez me topé con alguien que decía que no es necesario leer mucho, que lo importante es tener «criterio». Para hacer honor a la verdad hay que rescatar aquí una porción de realidad: tal como he mostrado, no es necesario ni beneficioso para el hombre abarcar más de lo que puede, basta lo poco si lo hace bien, y a través de esto es que forma principios para juzgar, es decir, a final del día lo importante sería tener «sentido común». Pero, como decía este querido amigo al que cito nuevamente, la escolástica es puro sentido común; no hace falta demasiada humildad para reconocer que el hombre promedio entre nosotros no podría haber desarrollado la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino (aquí un breve perfil del Aquinate y el Perú, autoría de mi tan citado amigo). Quizás parezca que me contradigo en esto cuando digo que no hay que forzar nuestra capacidad, pero es todo lo contrario: el que pueda más que se exija más, aquí la autocompasión se camufla bajo una aparente soberbia o rebeldía. Con esa observación sobre la mesa y quizás con unos años más encima, habría dado más crédito a las palabras de aquella persona, pues los principios, estos del sentido común, acrisolados por la luz de experiencia, que se da a través del paso de los años, ciertamente son un camino hacia la sabiduría. Sin embargo, resulta por lo menos llamativo que un párvulo no reconozca que el hombre tiene mucho por aprender de los demás, de sus pensamientos, testimonios, conclusiones; para lo cual la lectura es un medio utilísimo y gozoso.
Por muy placentero que algunos encontremos este hábito, es necesario evitar caer en el arte por el arte literario, no hay que olvidar que los medios siempre están subordinados a un fin, a propósito de lo cual el P. Vizmanos recuerda una anécdota jocosa:
«Si Dios tuviese en su diestra —dice Lessing— todas las verdades y en su siniestra tan sólo el impulso inquieto para buscarlas, aunque fuera con el aditamento de tener que errar siempre, Y me dijera «escoge», asiría con humildad su izquierda y le diría: ¡Padre, dame ese impulso, porque la verdad pura es sólo para ti! (Eine Duplik, parte primera). Nilkes ridiculiza esta actitud asemejándola a la de un huésped que dijese a su hostelero: esta chuleta le pertenece solo a usted; a mí me basta con rastrearla olfateándola (Schutz-und Trutzwaffen im Kampfe gegen Unglauben und Irrglauben n.9).» (Teo. fund., p. 139, n.1)
De esta forma, no parece prudente, más bien el error contrario a aprovechar el medio teniendo la posibilidad, rechazar las buenas disposiciones morales del ambiente por atrincherarnos contra la realidad en un biblioteca. Y es que las disposiciones morales también se encuentran al servicio de la verdad, es más, si estas se ven corrompidas suelen limar la agudeza de la inteligencia impidiéndonos penetrar en las realidades más gozosas. Quien se engolosina en sus propias pasiones es incapaz de salir de sí mismo. Por eso, si se tiene todavía la suerte de pertenecer a una comunidad, ya sea familiar, ya sea más grande, en la que las anécdotas y los consejos difícilmente puedan ser reprochables u ociosos, sino que, por el contrario, aquellas palabras son también alimento para el alma, no dejemos que se pierdan ignoradas.
Referencias bibliográficas y notas
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Brown, R. (2018). Knowledge, Education, and Cultural Change (1st Edition). Routledge.
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Graaf, N. D. D., De Graaf, N. D., De Graaf, P. M., & Kraaykamp, G. (2000). Parental Cultural Capital and Educational Attainment in the Netherlands: A Refinement of the Cultural Capital Perspective. In Sociology of Education (Vol. 73, Issue 2, p. 92). https://doi.org/10.2307/2673239
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Vizmanos; Ruidor. (1963). Teología fundamental para seglares. Biblioteca de Autores Cristianos.
[i] Para quien desee un resumen de los resultados expuestos en el estudio, se describen aquí: En el modelo 1 no se encontró relación entre el sexo y puntajes para el voculabulario y matemáticas, mientras que los niños con padres más educados se relacionaron con puntajes más altos. En el modelo 2 (más cultura de lectura en el hogar) se halló que la frecuencia con la que se leía a los niños a la edad de 5 años tuvo una relación positiva tanto para el vocabulario como para las matemáticas, a la vez que tener al menos un padre con problemas de lectura se relacionaba de manera negativa. Tener padres que lean en su tiempo libre también era un factor positivo para el vocabulario, como también lo fue el tener periódicos “de columna amplia” tanto para el vocabulario como para las matemáticas, a diferencia de tener tabloides, con lo cual no se halló relación. El modelo 3 (más lectura propia y tocar un instrumento) evidenció una fuerte relación entre leer libros a los 10 y 16 años y leer periódicos a los 16 con un buen puntaje tanto en vocabulario como en matemáticas. En este modelo el sexo se vuelve una variable significativa, indicando que los varones que leen menos se desempeñan tan bien como las mujeres que leen más, mientras que el hábito de lectura en los padres se vuelve no significativo, sugiriendo que la influencia de la cultura de lectura en los padres se encuentra explicada en el propio hábito de lectura del niño, por otro lado, la relación entre los tabloides y el vocabulario se torna significativa, aunque negativamente. Por último, el modelo 4, que incluyó los puntajes cognitivos a las edades de 5 y 10 años, intentó dilucidar qué tanto las predicciones del modelo anterior se habían establecido ya a los 10 años y cómo éstas se reflejan en los puntajes entre los 10 y 16 años. En este modelo la educación de los padres permanece significativa, aunque con una ponderación menor. La clase social permanece como no significativa. La influencia negativa de un hermano mayor permanece como un factor negativo. La influencia de la cultura de lectura en casa se reduce mientras que la conducta lectora del propio niño, tanto de libros como de periódicos, permanece fuertemente relacionada y favorable. Como indican los propios autores, «esto sugiere que no es sólo el caso de que los niños académicamente capaces lean más, sino que la lectura recreativa está vinculada a un mayor progreso cognitivo durante la adolescencia. Esto contrasta marcadamente con tocar un instrumento musical, que se vuelve no significativo en este modelo, aparte de una relación negativa significativa límite entre tocar un instrumento a los 10 años y el desarrollo del vocabulario».
[ii] Algunas cuestiones notorias y llamativas sobre el tipo de libro usualmente leído: según el logro académico los miembros de la cohorte fueron divididos en grupo de élite (correspondientes a universidad altamente selectivas), otros egresados, nivel A (educación secundaria), otros y ninguna. En cuanto a los libros de ficción, el género más leído por todos es el de crimen/thrillers/misterio y el menos leído, el de poesía. Tanto los géneros de ficción histórica, ficción clásica como el de ficción literaria contemporánea presentan un gradiente visual que aumenta hacia el grupo élite, mientras que el gradiente del género romance y el no leer libros de ficción muestran el comportamiento contrario. Por otro lado, en cuanto a los libros de no-ficción el género más leído por todos es el de autobiografía; sin embargo, se observa que entre los grupos élite y otros egresados existe mayor variedad de géneros de lectura mientras que en los de ninguno y otros se aprecia una concentración de preferencia en este género y el de cocina/comidas. Se aprecia un gradiente que aumenta en dirección al grupo élite en cuanto a los libros propios de la profesión, historia y de religión/filosofía, aunque este último género resulta entre los menos leídos en todos los grupos.
[iii] Se observa una asociación clara entre la frecuencia de lectura y puntajes de vocabulario a los 16 y 42 años, mostrando que aquellos con mejor vocabulario a los 16 años tienen mayor probabilidad de leer frecuentemente a los 42 años. Tantos la lectura de ficción y no-ficción estuvieron asociados con los puntajes de vocabulario y quienes leyeron libros «pesados» (o más «intelectuales» high-brow, como lo llaman los autores) tuvieron mayor ganancia en dichos puntajes. Aquellos que leyeron solamente tabloides ganaron menos puntaje en vocabulario a los 16 y 42 años, menor incluso que aquellos que no leyeron diarios. Aquellos que leyeron tanto tabloides como «periódicos de columna amplia» obtuvieron puntajes menores que quienes leyeron éstos últimos solamente.
[iv] Entiéndase ocio como el espacio que permite el despliegue del espíritu. Cfr. Josef Pieper. (2017). El ocio y la vida intelectual. Rialp.
[v] Transcribo algunas citas que ilustran la idea expuesta: «Una comunidad florece, su red de relaciones familiares, vecinales y profesionales florecen, cuando las actividades de sus miembros que buscan el bien común están moldeadas por la racionalidad práctica. También se benefician del florecimiento de la comunidad los individuos con una menor capacidad para el razonamiento práctico independiente, los que aún son muy pequeños y los muy ancianos, los enfermos, los que sufren alguna lesión y padecen alguna discapacidad, y su florecimiento individual es un indicio importante del florecimiento de toda la comunidad» (2001, p.129).
«Lo mismo que sucede con el cuidado de los niños, sucede con la atención que necesitan los ancianos y las personas discapacitadas psíquica o físicamente. No sólo importa que en una comunidad de este tipo los niños y los discapacitados reciban la atención y el cuidado necesarios, sino también que quienes ya no son niños reconozcan en los niños lo que una vez fueron, que quienes no padecen aún ninguna disminución de sus capacidades por razón de su edad reconozcan en los ancianos lo que ellos serán en el futuro, y que quienes no están enfermos ni padecen ninguna lesión reconozcan en los enfermos y en quienes sí sufren una lesión lo que ellos mismos han sido a menudo y lo que serán y siempre podrían ser. Asimismo, es importante que el reconocimiento de estos hechos no sea fuente de temor, puesto que permiten tomar la conciencia debida de las necesidades comunes y los bienes comunes que se generan por redes de reciprocidad y las virtudes, tanto la virtud de la independencia como la del reconocimiento de la dependencia. No obstante, sólo es posible adquirir conciencia de ello mediante esas mismas virtudes» (2001, p. 171)
