Ignorante: anatomía de un insulto

Si las redes sociales son granjas de insultos, y chiste repetido huele a podrido, pocas cosechas han sido más abundantes y hediondas que la de esta crisis política. No voy a dilatar sobre la inmoralidad o la improductividad de los vituperios. Me propongo explicar algunas ideas sobre uno de los más sonados: el del título.

Cuando uno se encuentra frente a una persona con opiniones eticopolíticas radicalmente opuestas, se manifiestan rivalidades del tipo que Alasdair MacIntyre ha caracterizado como aparentemente interminables y conceptualmente inconmensurables. No se comparten suficientes premisas como para lograr un intercambio que lleve a un terminus y zanje una resolución. Ante el vértigo producido por esa inzanjable oquedad, la respuesta a la que el hombre se ve tentado es la de ofender, necesidad satisfecha por esa maravillosa tecnología social que es el insulto.

Estúpido, imbécil, baboso y otros tantos coloridos epítetos vienen a la mente; sin embargo, ignorante goza a mi parecer de un estatus especial. Denota una carencia, pero no una indefinida como tarado, sino que señala falta de conocimiento. Para ahorrar el trecho filosófico, una falta de conocimiento en nuestra sociedad se asume como una falta de educación. Al ser estandarizada y masificada, la educación es asumida como algo que se recibe—de ahí que los a-lumnos, los sin luz reciban la ilustración de sus profesores. «Ignorante» resalta al hacerlo a uno expresa víctima pasiva de un mal y no como su perpetrador. Como argumentaré más adelante, es un insulto elitista. Como tal, es condescendiente y conlleva una tácita y fingida conmiseración con el agraviado. «Pobrecito, le faltó educación».

No es una educación en el sentido premoderno —esa idea trascendental de la educación no es imperante hoy en día—, es la carencia de una educación tecnificada. Esta diferencia es significativa porque el resultado de la ausencia del primer tipo de educación es la falta de ἀρετή; es una voluntad llena de vicios, no habituada a la virtud. El producto de la ausencia del segundo tipo se asume comúnmente como la no-presencia de datos, de información. En el mejor de los casos, es la falta de una pericia o τέχνη, pero cuya presencia o ausencia no modificaría en modo alguno la voluntad. La educación neutra es un mito, pero la fe en su neutralidad es una realidad palpable. Este hecho es manifiesto en las usuales seguidillas «anda a leer un libro» o «¿para eso estudias?». La educación tecnificada se presume como cura de la dolencia.

Haciendo un excursus histórico, evidentemente «ignorante» no es reciente. El Quijote lo empleaba profusamente. Sin embargo, su uso ha evolucionado ampliamente desde el Siglo de las Luces de forma paralela al desarrollo de la historia de las ideas en torno a la educación, cada vez más lejos de su concepción clásica y más en las entrañas del segundo tipo de educación que mencionamos antes. Esto es gracias al auge del binomio democrático-liberal que va in crescendo desde hace más de doscientos años. Sin embargo, este binomio no es del todo harmonioso.

Por una parte, el ímpetu democrático reclama una educación universal y obligatoria en la etapa embrionaria del ciudadano. Dentro de esta carpa, unos veían este paso como un mal necesario. «Confrontamos los peligros del sufragio con las bendiciones de la educación universal», escribió el presidente estadounidense James Abram Garfield. Otros, como el marqués de Sade y Jeremy Belknap, no veían menos que un bálsamo milagroso en la educación obligatoria, al punto de afirmar que los niños le pertenecen a la República (el primero) o al Estado (el segundo).

La otra vena es la liberal. Esta se encuentra codificada en el propósito constitucional de James Madison dirigido a promover las «artes y ciencias útiles». Pocas personas han resumido la máxima iluminista hasta sus últimas consecuencias como el canciller de la Universidad de California, Clark Kerr. El académico profetizó en 1963 la decadencia de la universidad y el amanecer de la multiversidad. En lugar de una formación equilibrada y dirigida a la formación de la excelencia del carácter como en el mundo clásico, medieval y moderno temprano, el objetivo sería un entrenamiento hiperespecializado. Esta multiversidad sería «central para la mayor industrialización del país, para espectaculares crecimientos en su productividad con su respectivo enriquecimiento, para la extensión substancial de la vida humana y para su supremacía militar y científica en el mundo». Esta perspectiva, más destilada, es el credo tecnocrático, el rule by the experts.

La tensión entre las perspectivas que brindan el democratismo y el liberalismo en torno al tema es palpable. La masificación y la calidad suelen oponerse. «Conceptualmente —citando a Rosalind Murray— la elección entre calidad y cantidad, lo mejor o lo más, es crucial y no sucumbe a claudicaciones». Aunque no fuera un liberal consumado, la siguiente cita del historiador ilustrado Barthold Georg Niebuhr en una carta del 25 de marzo de 1820 refleja un antecesor a las reservas antidemocráticas que profesarían liberales durante los siguientes dos siglos:

La gente habla hoy con arrogancia y superficialidad sobre problemas políticos y los aspectos más sublimes de este gran arte, el cual precisa talento y una habilidad para el adiestramiento como cualquier otro arte; de manera que aquellos que realmente poseen percepción—que en sí es tan rara—están condenados a sentirse furiosos o melancólicos. Sin conocer a la gente involucrada, sin tener ninguna comprensión en asuntos políticos, sin entender los fines y medios y dificultades, la alabanza y el vituperio continúan. Nadie tiene derecho a pedir que personas y condiciones sean juzgadas adecuadamente a la distancia; sin embargo, puede exigírseles a quienes no tienen los medios de comprensión que se limiten.

Con esa reflexión de tono tan familiar, es necesario volver al análisis de ignorante. En el Perú de hoy, da la impresión de que la mayoría de personas que usan este rótulo ha gozado de educación superior, cuenta con ciertas comodidades, etcétera. Están, en resumidas cuentas, empapados del paradigma civilizacional dominante—el democrático-liberal—, con todas sus sinergias y disonancias. Sus valores y cosmovisión reflejan ese tanto. Es por eso, en mi opinión, que el insulto se presenta como producto de ese linaje de pensamiento, aunque sea desde su periferia como lo es Hispanoamérica.

Ignorante como arma arrojadiza refleja más fielmente la vena liberal. Para la élite, sea real o autoproclamada, la tecnocracia que se valida a través de esa tradición liberal es la posición natural. Cuando no se puede justificar el mando por herencia, lo siguiente mejor es justificarlo por credenciales académicas, pero cumplen los mismos rituales que cumplían las aristocracias chimú, chavín o tiahuanaco en tanto élites espirituales. Este aspecto despótico-ilustrado responde fielmente a los reparos de Niebuhr y engendra el credencialismo que a tantos causa repelús. Lo que es peor: por cada real tecnosacerdote hay un millar de discípulos que repiten sus académicos mantras. Son los monaguillos de lo que Curtis Yarvin ha denominado la Catedral. Estos son los principales usuarios de tan cariñoso insulto.

Valga la aclaración, no por partir de un linaje liberal son estos monaguillos de pura cepa. El marxismo muy pronto encontró formas de burlar la preponderancia de las masas: por un lado, el centralismo democrático estalinista; por otro, el esnobismo propio de los gurús del wokeism, progresoides de heterodoxas y ya marchitas raíces marxistas (me rehúso al extremo de denominarlos marxistas culturales por respeto al marxismo). Estos segundos han ejecutado lo que el activista estudiantil gramsciano Rudi Dutschke bautizó como der lange Marsch durch die Institutionen. Desde sus podios, encarnan mejor los sagrados misterios del tecnosacerdocio al que me refiero.

Para aterrizar tanta elucubración, he aquí uno de sus monaguillos:

Sean temas de raza, sexo, historia o lo que sea, nunca se asume de cara al público que el contrincante simplemente tiene un sistema de valoraciones distinto, sino que cualquier discrepancia es esencialmente reducible al pecado mortal: falta de conocimiento. Para hacer uso de una partícula sinónima pero con apropiada connotación religiosa, el pecado es la falta de γνῶσις, de gnosis.

Otro ejemplo es el del curioso trastocamiento de la palabra «racismo». Poco o nada importa el uso histórico de la palabra, desde su antepasado racialisme entre académicos franceses decimonónicos, hasta su aparición en La historia de la revolución rusa de Trotsky como расистов (racistov); ni tampoco importa que transversalmente en todos sus cognatos se le reconozca como la actitud prejuiciosa con base en la raza, sin importar la etnicidad de emisores o receptores. Bastó con que un sector agónicamente vocal de la academia progresoide reformulara la definición como la tan mentada ecuación:

racismo = prejuicio + poder

Mágicamente, esta nueva verdad, descendida del olimpo académico, debe ser acatada por los hablantes del idioma en el cual ni siquiera se formuló originalmente este disparate de tan conveniente plasticidad. Ipso facto el desconocimiento de esta definición se tornó en un síntoma de lo que los monaguillos reconocen como ignorancia en su modalidad falta de gnosis. «Estudia para que no creas en el racismo inverso», se lee en Twitter.

Es irónico que dos figuras clave en la transición del viejo marxismo al wokeismo, Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, publicaron La reproducción para describir la imposibilidad de la neutralidad educativa. Esta siempre será un órgano reproductor de estructuras sociales, culturales y económicas. Comparto en buena parte su valoración, pero si le bajo el nivel a la abstracción y hago una intersección con la larga marcha por las instituciones del linaje gramsciano, no es extremo concluir que las instituciones dominadas por intelectuales X reproducirán la ideología X aunque sean estos intelectuales gramscianos. El uso de ignorante es muchas veces una herramienta para denunciar la disconformidad con ese aparato ideológico que busca constantemente su reproducción. Esta es una conclusión fecunda para disonancias cognitivas porque evidencia la paradoja existencial de ideologías engendradas como subversivas cuando ellas mismas se vuelven dominantes.

Me he topado con un par de opiniones de diversa extensión en las que se critica el uso de ignorante como insulto «racista» y «clasista» desde los despachos de ese tecnosacerdocio progresoide, usualmente reprochando el uso del término por personalidades como Martha Hildebrandt hacia «personas racializadas» que solo ejercen «formas diferentes de saber». Hoy vengo a ofrecer este análisis alternativo que, muy a pesar de los referidos tecnosacerdotes y a sus monaguillos, los abarca a ellos también.