Sobre Ornamentos Indígenas


Se ha popularizado en las redes un video de la intervención del señor Juan Carlos Lizarzaburu, en el que hace un monólogo notoriamente agresivo dedicado a la coyuntura actual de las protestas. En este, califica a las banderas usadas por los manifestantes (las ya conocidas wiphalas) como unos manteles de chifa y afirma que la supuesta antigüedad milenaria era simplemente una mentira, sostiene que esta fue creada a finales del siglo XX mediante un concurso de radio. Pero ¿qué se puede saber y concluir de este episodio?

Para ello es necesario primero repasar los conceptos básicos del arte de la heráldica, o sea, el significado de las imágenes ostentados por diferentes grupos o familias en modo de escudo o bandera. Mientras que se conoce mucho el mundo heráldico europeo u oriental, poco se habla del originario de las Américas, mayormente porque recién se dan investigaciones profundas al respecto. En nuestra heráldica indígena predominaba un fuerte elemento relacionado a los estandartes que mayormente se llevaban para reconocer a la hueste en batalla.

Desde la cultura Sechín se tiene constancia del uso de estandartes (constatados por el diseño de sus relieves).


Compárese con los estandartes mexicas vistos en la parte derecha.

Otros ejemplos son los patrones vistos desde civilizaciones preincas como de las civilizaciones norteñas mochica y chimú (respectivamente la de arriba y la de abajo). Muy vistosas y generalmente adornadas con diferentes materiales además de tela.



Aun así los grabados más cercanos a la bandera actual son no muy sorpresivamente parecidas a otra civilización del altiplano, de los Tiahuanaco, son esquemas coloridos de cinco patrones (el primero de arriba) y que se extenderían de la región altiplánica a incluso la costa peruana. En ese caso se podría mostrar un patrón similar de los Nazca (tercero y último), que serían contemporáneos del período tardío Tiahuanaco.


Más cerca a la época tratada se encuentra uno de los precedentes más directos al Incanato: la cultura Huari, quienes usaban unos estandartes más «modernos» según nuestra visión.

Los incas no serían ajenos a aquellos estandartes, pues usaban la llamada Unancha, que según cronistas del virreinato era el estandarte del Sapa Inca, aunque cada miembro del ejército imperial tenía el propio. En las crónicas del Inca Garcilaso, las unanchas son consideradas banderines de tropa:

«Al que ese ayuno se mostraba flaco y debilitado o pedía más comida, lo reprobaban y echaban del noviciado. Pasando el ayuno, habiéndolos confortado con alguna más vianda, los examinaban en la ligereza de sus personas. Para lo cual les hacían correr desde el cerro llamado Huanacauri (que ellos tenían por sagrado) hasta la fortaleza de la misma ciudad, que debe de haber casi legua y media, donde les tenía puesta una señal, pendón o bandera, y el primero que llegaba era elegido capitán de todos los demás».

Eso se puede notar al ver las unanchas de Manco Cápac (primero a la izquierda) y Sinchi Roca (a la derecha), según los dibujos del cronista mestizo Guamán Poma. Se complementarían con las descripciones dadas décadas después por el cronista Bernabé Cobo.

Cuando los eventos de la conquista y virreinato acontecían en nuestra patria, las banderas comunes entre la hueste española eran los estandartes ajedrezados para diferentes regimientos de capitanes. Ese componente militar también se puede ver en las artes plásticas, en algunos cuadros de los famosos arcángeles arcabuceros de escuela cuzqueña que se conservan en Bolivia y en las pinturas-recibimientos para el virrey-arzobispo Morcillo a Potosí en 1716


Arcángel ajedrezado hecho por el estilo de la escuela cuzqueña, siglo XVIII. Actualmente está en La Paz, Bolivia.

Incluso años después extranjeros, como el francés d’Orbigny que viajaría por Bolivia en 1830, hablarían de la misma: «Había además como acompañamiento, tres pajes, arreglados con un gran tahalí colgado del cuello y dos portaban estandartes llevando una bandera a cuadros blancos, amarillos, rojos, azules y verdes». Justamente en el extracto se menciona un detalle importante: la bandera era de un patrón de cinco, como ya lo era siglos atrás.

Sufrió un cambio a manos del activista anticolonial aimara, también boliviano, German Choque Condori o Inka Waskar Chukiwanka, quien en 1979 propuso cambiar el patrón de cinco colores a siete, irónicamente basándose más en el postulado newtoniano iluminación que la tradición indígena del arcoíris que solo habla de cinco. Fue ratificado en Bolivia, cabría en otra columna. El resto es historia. Solo queda decir que no es muy diferente a otros procesos históricos como la creación de la bandera bretona por sus respectivos separatistas en 1923 (inspirados en los colores del antiguo ducado de Bretaña pero con el modelo de la bandera estadounidense, como se muestra abajo en contraposición a la antigua y moderna).

Lo que puedo concluir aquí es una confusión de orígenes, al confundir el símbolo de una familia imperial con el Estado y embarcar a ambos bajo designios ideológicos. Esto responde más a un arqueologismo que a una pretensión realmente seria del entendimiento de nuestro pasado. De todos modos, aún se puede buscar otros referentes para modelos indígenas, como entre los viejos estandartes que Guamán Poma decía que representaba al gobierno imperial (representada abajo a modo de última imagen) o recrear uno sin una carga ideológica y que realmente sea solo un eslabón de las artes de los pueblos andinos. Un patrimonio común en resumidas cuentas.

Agradecimientos especiales al antropólogo José Limonchi, ya que debido a su conferencia trajo a mi interés ciertos detalles tardíos para este artículo, a pesar de diferir en ciertas conclusiones.