El país que no podía romperse
Lo pondrán en el centro de la plaza,
boca arriba, mirando al infinito.
Le amarrarán los miembros.
A la mala tirarán: ¡Y no podrán matarlo!
– Alejandro Romualdo
Hay quienes ubican el origen de nuestro mal actual en el golpe de opereta de Castillo; otros, en los últimos seis años de pasmosa inestabilidad; unos tantos en la transición a la democracia precaria en el 2000, y un número no menor, en el origen mismo de la República del Perú. Hay de todo y para todos. Quizá todos tengan un punto, pero entre tantos puntos y sin amalgama ni estructura común volvemos a lo mismo: a cada uno lamentar el momento en el que cree que empezó un acabose más que nadie sabe cuándo acabará.
No quiero ser injusto con los análisis de personas que en algunos casos considero de notable lucidez, seré honesto, también me dejé llevar como casi todos por análisis pesimistas y acaso los más realistas y hasta cuerdos si es que se considera en frío, imparcialmente, nuestra situación. Dije que me dejé, porque, en los últimos días he empezado a notar quizá con más sorpresa que esperanza que, a pesar de todo, seguimos aquí, que pese a todos sus desgastes el Perú todavía es y, sospecho, seguirá siendo por varias coyunturas críticas más.
Lo que vivimos ahora es otra cosa que los síntomas sociales de que no somos una nación cabalmente constituida o que, en todo caso, somos una nación con una identidad precaria, con una historia poco compartida e interiorizada, una teleología en discusión y una metafísica en disputa. Haciendo tal recuento, y viendo despliegues fecundos de encono mutuo e incomprensión entre quienes son una élite que domina pero no lidera y entre quienes son un pueblo con aspiraciones pero sin plan, no deja de sorprenderme que sigamos bregando.
Y repasando un poco nuestra historia, rica en tragedias pero también en muestras de heroísmo desmedido, suicida, recuerdo que hemos salido de peores. El historiador José Agustín de la Puente Candamo, cuya ausencia en estos días se siente más profunda, decía que tras la hecatombe que fue la guerra con Chile no quedó nada del Perú: nuestro ejército y milicias fueron diezmadas, la economía se arruinó, nuestro estado se fragmentó hasta el ridículo con presidentes simultáneos en pleno conflicto, nuestra marina mercante fue decomisada, nuestra biblioteca nacional fue saqueada y usada de caballeriza por los invasores y nuestra capital ocupada. En Palacio de gobierno hondeó la bandera chilena. No obstante, tras tal ruina, seguimos existiendo y la respuesta de José Agustín de por qué había ocurrido eso era siempre la misma: por la voluntad de seguir siendo peruanos. Sí, nuestra identidad siempre fue conflictiva y frágil, y es uno de los grandes motivos de nuestra derrota en ese conflicto y en tantas otras empresas nacionales, sí, es una identidad precaria, pero es constante y en esa constancia está el secreto de que nos hayamos levantado de tantas tragedias para seguir siendo peruanos.
Si alguna deuda tenemos con esta porfiada nación que quiere seguir siendo, que no quiere romperse, es precisamente robustecerla y no confiarnos en que sobrevivirá como sobrevivió las múltiples guerras del siglo XIX, o como sobrevivió la sangría desquiciada de Sendero Luminoso en el Siglo XX, o como sobrevive a diario, la indiferencia, la falta de solidaridad y la ausencia de un estado medianamente decente, razonablemente funcional y profesional. Si la nación sigue existiendo es porque todavía suficientes peruanos creemos en esta ficción que amamos y que nos exaspera en partes iguales.
Por supuesto que nos atraviesan fracturas de ideología, clase social, raza, entre tantas otras. Pero es momento de ponernos a pensar cuáles son esas fibras de porfiada identidad compartida que aún nos sostienen incluso cuando todos parecen querer tirar de cada miembro del Perú para desmembrarlo. Pensar en lo que nos une, en las fibras que todavía nos sostienen y nutren. Y así como hay que robustecer lo que nos cohesiona hay que extirpar lo que nos divide. No cabe otra cosa que el repudio compartido de quienes defendemos a nuestra familia contra quienes piden «meter bala» para calmar a los «revoltosos del sur» como si fueran unos invasores y no sus iguales. El mismo enérgico rechazado debe ir contra quienes pretenden mutilar nuestro país sea atentando contra su territorio, historia simbología o paz como si vieran enemigos fuera de su comunidad más inmediata. Este país es nuestra familia, y su tierra es nuestro hogar y debemos defenderlo de quienes tiran las cuerdas de visiones particulares, porque hasta la más dura obstinación cede algún día y ese quizá sí sea el día en el que los opinólogos de todo pelaje coincidiremos como el origen de la auténtica tragedia.
