El Proyecto de Punchauca

Adaptado de José de la Riva Agüero y Osma. (1952). La historia en el Perú (p. 460-463). Segunda Edición. Madrid: Imprenta y Editorial Maestre Norte.

Por lo que toca a la actividad política de San Martín, lo único que en ella [Mariano Felipe Paz Soldán] censura de veras (aunque acatando la recta intención de que nacía) es el plan de establecer la monarquía constitucional en el Perú y especialmente la fórmula propuesta para ello en Punchauca como base de avenimiento con España: la proclamación en calidad de soberano independiente de un príncipe de la familia real española designado por las cortes de la metrópoli. Criticando el desahucio de la proposición por La Serna (que nosotros, por otra parte, creemos fundado, pues tanto el virrey como el comisionado regio carecían de facultades para tratar el supuesto de la independencia), escribe con impagable ardor democrático:

«Si los jefes españoles, abandonando su vanidad y pensando solo en los verdaderos intereses de su patria, hubieran procedido de otro modo en aquel entonces, sin duda alguna la suerte del América meridional habría sido distinta. España hubiera influido en las nuevas monarquías que se hubieran formado; pero gracias sean dadas al Dios omnipotente que por los errores de aquellos hombres hoy podamos ser republicanos y elegir a nuestro arbitrio al que ha de gobernarnos por un reducido tiempo. Pueden ser muchas las ventajas de la monarquía, pero es muy degradante y depresivo de la dignidad del hombre el que antes de conocer los vicios o virtudes del que ha de gobernar tenga que obedecérsele. Cuando la ilustración llegue a su apogeo y cuando el último hombre conozca perfectamente sus derechos—lo que sucederá bien pronto, gracias a la imprenta al vapor y a la electricidad—, entonces se admirarán las generaciones futuras cómo pudo haber monarquía, así como hoy nos admiramos de haber existido una Inquisición, un Luis XIV; un loco Carlos XII, rey de Suecia; un Nerón y un Calígula».

Es delicioso el pasaje y descubre el nivel de juicio con que no solo por Paz Soldán, sino por historiadores mucho más famosos que él, se ha apreciado el problema. Absorto por esta discutible utilidad y más discutible realidad de elegir a nuestro arbitrio al que ha de gobernados por un reducido término, no ha podido considerar los inapreciables provechos que se hubieran derivado de la ejecución del proyecto de Punchauca. La reconciliación de patriotas y realistas, necesaria consecuencia de ella, habría evitado los cuatro años de desoladora guerra que siguieron; habría impedido la persecución y emigración de los comerciantes españoles que tanto quebró la riqueza del país; habría hecho innecesaria la venida de Bolívar, ahorrándonos así su detestable dictadura—su dominación—mil veces más humillante y pesada que la del más autoritario monarca, así como la hegemonía colombiana que subyugó y desmembró el Perú. El trono erigido por San Martín para un infante de España habría tenido por sostenes dos sólidos ejércitos: el de los Andes y el realista en su mayor parte, pues era de suponer que buen número de sus jefes y soldados seguirían al servicio de esta monarquía, consentida y protegida por la Madre Patria. Con tales fuerzas nuestra nación habría frustrado probablemente la anexión de Guayaquil y la reivindicación de Jaén y Mainas, y no habría sufrido la derrota de Tarqui. Las provincias del Alto Perú, que estaban dominadas por el virrey y habían sido reincorporados al virreinato peruano, y acerca de las cuales la Argentina (entonces en completa desorganización y ocupada por sus luchas civiles) no manifestaba interés alguno, habrían integrado el reino del Perú, que desarrollándose bajo el sosiego del régimen monárquico sería hoy el Brasil del Pacífico.

Si al cabo de 50 o 60 años de orden sobrevenía la república, habría venido a su hora una vez aseguradas la prosperidad, la educación cívica y la unidad territorial como en el mismo Brasil ha sucedido. No se diga que las demás regiones hispanoamericanas constituidas en repúblicas habrían impedido el establecimiento de la monarquía peruana: esa es una frase vacía. Los demás países ante el poder que hubiera resultado de la reconciliación de las tropas patriotas y realistas en el Perú se habrían limitado a conservar su autonomía y no habrían intervenido en nuestra organización interna, como no intervinieron tampoco en el Brasil ni en México. En aquel instante de indecisión general sobre la forma de gobierno de universales aspiraciones monárquicas en Sudamérica (atestiguadas por infinidad de documentos), el ejemplo del Perú habría podido tener trascendencia imitativa, irradiación pacífica incalculable.

Primer Imperio Mexicano, 1821.

No se diga que las monarquías no son infalibles remedios contra el mal revolucionario. Cierto es que las instituciones monárquicas no bastan por sí solas para suprimir del todo las rebeliones en los países nacientes o en crisis renovadoras. No obstante, tienden a suprimirlas por la virtud de estabilidad inherente a la organización monárquica, por los hábitos de disciplina que crea o fomenta. Cuando menos, no las provocan como sí las repúblicas con sus periódicas elecciones presidenciales y las hacen más raras (según es palpable en las pequeñas nacionalidades balcánicas), pues es harto más difícil derrocar una dinastía que un mero gobernante. Tampoco se objete por último que un sistema de república conservadora, como fue la de Chile, pudo en el orden de nuestra emancipación producir los mismos saludables efectos de moderación y robustez dentro de la libertad que San Martín y otros muchos pedían a la monarquía templada. Precisamente la molicie e incapacidad de la nobleza peruana la reducía a ser simple adorno de un trono y le impedía constituirse en aristocracia política. Aunque parezca paradoja, la verdad es que no la monarquía sino la república conservadora es la forma de gobierno que requiere como indispensable la preexistencia de una enérgica clase dirigente que en el Perú no ha existido jamás. El fracaso de las negociaciones de Punchauca, tan celebrado por Paz Soldán, nos condenó a la debilidad de internacional y a 70 años de anarquía y desgobierno.