La modernidad en sus distintas variantes descarta ideas y doctrinas centenarias por considerarlas obsoletas. En ese afán, luego de siglo y medio de actividad, pierde credibilidad por ella misma envejecer y no poder ocultar que ha envejecido mal. No es así en la tradición cristiana.

Dentro de este paraguas podemos encontrar ricas líneas intelectuales y místicas, donde cada una puede asimismo tratarse como una tradición en sí. Entre ellas destacan el neoplatonismo cristiano, la escolástica y, más recientemente, el humanismo cristiano. Este último es la continuación del proyecto civilizacional, académico y espiritual que esculpió tanto el Renacimiento Italiano como sus réplicas en el resto de Europa y sigue vigente hasta nuestros días.

El diálogo otrora protagonizado por el dominico Santo Tomás de Aquino, el franciscano Beato Juan Duns Scoto y el jesuita P. Franscico Suárez no tardó en florecer también en América. Personajes como el P. José de Acosta, el Excmo. Bartolomé Herrera, José de la Riva Agüero y Osma, Víctor Andrés Belaúnde, el presidente José Luis Pablo Bustamante y Rivero, Alberto Wagner de Reyna, Fernando Fuenzalida y José Pancorvo, entre muchos otros, son testigos de que fe y razón no sólo son compatibles, sino fundamentos entrelazados en la historia de la cristiandad y en la del Perú.

Sin las herramientas que aporta la tradición humanística cristiana, los fundamentos sobre los que descansa nuestra Patria empiezan a desdibujarse. ¿Qué dignifica al ser humano? ¿Es el fin del hombre sólo el bienestar material? ¿De dónde proviene la justicia? El relativismo es sólo un primer estadio que es rápidamente suplantado por uno u otro nuevo sistema de creencias con una simetría sorprendentemente religiosa. Cuentan con sus propias escrituras, su propia liturgia, sus propias fiestas y en la mayoría de los casos hasta con su propia casta sacerdotal. Así, incluso los más grandes detractores de la tradición cristiana no pueden escapar a la religiosidad del ser humano.

Ese ímpetu religioso solo puede encontrar mesura y buen cauce en el seno de una tradición que trasciende los siglos, las fronteras e incluso la muerte. El marco de una conversación milenaria salva a los conceptos de deambular huérfanos y a las instituciones de quedar desamparadas sin un τέλος. El Perú, como la comunidad política reconocible hoy en día, se forja explícitamente para extender la cristiandad, y como consecuencia tiene en su esencia la marca de esa misma tradición que es primero cristiana y, por ello, humanista.