A pesar de que el discurso en línea pareciera dividir al mundo entre comunistas y libertarios, la mayoría busca otras posiciones más realistas y que no por ello se limiten a ser un simple y desabrido punto medio. Es búsqueda nos lleva a la economía social de mercado (ESM).

Este modelo económico fue diseñado por la escuela de Friburgo e introducido en la Alemania de la posguerra. Sostiene que en la práctica la llamada «competencia perfecta» no puede darse espontáneamente, sino que precisa un orden jurídico, estatal y político. La EMS se aleja del liberalismo clásico al afirmar que, así como una sociedad debe contar con tanto mercado como sea posible, también debe tener tanto Estado como sea necesario. Sin embargo, también se distancia del socialismo marxista al promover la libre competencia, la propiedad privada y las libertades individuales.

Diseñada en el contexto de una economía destrozada, la ESM ostenta altas connotaciones humanistas, expresadas en principios tales como subsidiariedad, solidaridad y bien común. Asimismo, si bien la formalización contemporánea de la ESM es un fenómeno del siglo XII, sis raíces se remontan siglos. Sus fundamentos éticos descansan en la doctrina social de la Iglesia (DSI), cuya exposición más emblemática es la encíclica social Rerum novarum promulgada por el papa León XIII.

La ESM ha sido el modelo que mejor se ha adaptado al contexto peruano desde su codificación en la Constitución política de 1993. El modelo aspira a una sana convivencia entre libertades individuales y la casa común. Sin embargo, retos como la corrupción y la informalidad se mantienen pendientes.