El ser humano es un animal político, dotado de las capacidades para y el deseo de una convivencia conjunta. Las instituciones que concreten este aspecto natural del hombre, por lo tanto, deben orientarse teleológicamente a un bien, a lo que denominamos bien común.
El concepto de bien común ha sido drásticamente distorsionado en los últimos siglos. Desde una perspectiva relativista y mecanicista, para la cual cualquier bien es un artificio de la voluntad, el bien común solo puede aspirar a ser entendido como el agregado de las preferencias individuales. Así, el Estado se torna en comisionado plenipotenciario para la concreción de esa voluntad popular y soberana.
Nosotros creemos que el bien común no es simplemente una estadística. Los seres humanos compartimos una naturaleza capaz de ser entendida. Esa misma debe ser el principio rector de cualquier comunidad, más aun la comunidad política. El fin supremo de la autoridad política—la ragion di Stato— es concertar fuerzas y actuar jerárquicamente en pro de esa naturaleza orientada a un bien común. El mismo posee una ineludible dimensión social sostenida en la internalización del bien común como propio, en los lazos fraternos que emanan de ese proceso y en la trinidad de paz, justicia y abundancia.

